Aquel cactus recordaba los desesperados gestos de la escultura:
Lacoonte acorralado por las serpientes,
Hugolino y los hijos hambrientos.
Evocaba también el seco nordeste, palmeras, suelo árido...
Era enorme, aun para esta tierra de grandezas excepcionales.
Un día, un huracán furibundo lo arrancó de cuajo.
El cactus cayó en mitad de la calle.
Rompió las empalizadas de las casas,
Impidió el tránsito de tranvías, automóviles, carros,
Arrancó los cables eléctricos y durante veinticuatro horas privó a la ciudad de iluminación y energía:
Era bello, áspero, intratable.
poema de Manuel Bandeira, del libro Libertinagem, traducción de Santiago Kovadloff
domingo, noviembre 01, 2009
lunes, octubre 26, 2009
así... del coyote... a la luna...
Si te dicen que caí
es que caí.
Verticalmente.
Y con horizontales resultados. Soy, del ángulo recto
solamente los lados.
Ignoro el arte monumental del sesgo,
esa torsión ornamental del héroe
que hace que su caer se luzca como un salto.
Ese rizo del mártir que, ascendiendo
se sale de la víctima
y su propio tormento sobrevuela
no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,
caigo.
No hay parábola
ni aire, ni fuerza de sustentación.
Un resbalón: espero. Al suelo llego
por la ruta más breve.
Un alud, una piedra,
una viga a la que han dinamitado.
No hay astucias del cuerpo en mi descenso.
Se sobrevive: el fondo
del abismo es más blando
para quien no vuela, sólo cae.
Si te dicen que caí,
no vengas
a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
es desmoronarse porque sí.
La caída, Beatriz Vignoli, de su libro "Viernes" (ed. bajo la luna, octubre de 2001)
es que caí.
Verticalmente.
Y con horizontales resultados. Soy, del ángulo recto
solamente los lados.
Ignoro el arte monumental del sesgo,
esa torsión ornamental del héroe
que hace que su caer se luzca como un salto.
Ese rizo del mártir que, ascendiendo
se sale de la víctima
y su propio tormento sobrevuela
no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,
caigo.
No hay parábola
ni aire, ni fuerza de sustentación.
Un resbalón: espero. Al suelo llego
por la ruta más breve.
Un alud, una piedra,
una viga a la que han dinamitado.
No hay astucias del cuerpo en mi descenso.
Se sobrevive: el fondo
del abismo es más blando
para quien no vuela, sólo cae.
Si te dicen que caí,
no vengas
a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
es desmoronarse porque sí.
La caída, Beatriz Vignoli, de su libro "Viernes" (ed. bajo la luna, octubre de 2001)
domingo, octubre 04, 2009
sigo...
no, no me voy. No doy excusas, apenas alguna explicación sin ser explícita.
La vida, y todo lo demás, me transforma en testigo de la pantalla.
Repartir el tiempo: lo hago lo mejor que puedo.
No me quejo.
No me lamento.
Paciencia...
La vida, y todo lo demás, me transforma en testigo de la pantalla.
Repartir el tiempo: lo hago lo mejor que puedo.
No me quejo.
No me lamento.
Paciencia...
viernes, junio 26, 2009
obituario
el combinado funcionaba todavía cuando cumplí diez años (1984). Entonces, me regalaron un grabador-reproductor, es decir, un aparato para escuchar casettes y grabar lo que quisiera. El obsequio llegó con dos cintas: "Fama", con canciones de la serie y "Thriller", de Michael Jackson. Era escucharlos una y otra vez. Cantar por fonética y aprender inglés de a poco para entender las letras. El disco de Jackson me enamoró por su ritmo, me llevó a bailar lugares nuevos de mi cuerpo! Me conmovía. En mi primera infancia bailaba con los Jackson Five, veía los dibujitos, me encantaban... Esos, y los del "cohete destartalado, despegandooooooo..." Y cuando crecí un poquito, es decir a los diez, y el pequeño Michael sacó "Thriller" era una alegría sentirme acompañada por esas canciones: estábamos creciendo juntos. Las cosas cambiaron cuando empezó a hacerse cirujías. Todo en él se volvió hostil, ya no lo disfrutaba. Pero cuando salió el simple "Dirty Daiana"... uf... qué calor... Lo cierto es que ya no eramos los mismos.
Estoy triste. Me apena la muerte de ese muchacho de cincuenta años y no sé si quiero conocer la respuesta a la pregunta sobre qué fue lo que le pasó, qué fue lo que hizo que se quebrara, qué fue lo que disparó su metamorfosis y su encierro. Me acuerdo que hubo un tiempo en que decir Michael Jackson era mala palabra; todos se ocupaban de juzgarlo y su nueva imagen extraña parecía desmerecer todo lo bueno que él había hecho y que era capaz dar musicalmente. Cuando miro el video que grabó con Olodum, no recuerdo que después de eso haya desplegado su vitalidad ni su talento. Me entristece que no haya podido cumplir con sus últimos proyectos. Pobre, pobre Michael...
Estoy triste. Me apena la muerte de ese muchacho de cincuenta años y no sé si quiero conocer la respuesta a la pregunta sobre qué fue lo que le pasó, qué fue lo que hizo que se quebrara, qué fue lo que disparó su metamorfosis y su encierro. Me acuerdo que hubo un tiempo en que decir Michael Jackson era mala palabra; todos se ocupaban de juzgarlo y su nueva imagen extraña parecía desmerecer todo lo bueno que él había hecho y que era capaz dar musicalmente. Cuando miro el video que grabó con Olodum, no recuerdo que después de eso haya desplegado su vitalidad ni su talento. Me entristece que no haya podido cumplir con sus últimos proyectos. Pobre, pobre Michael...
viernes, mayo 01, 2009
junco y capulí
Hasta el 11 de mayo pueden encontrar títulos del sello junco y capulí en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en el stand de Santa Fe, ubicado en el Pabellón Azul, Calle 16, stand 320.
Gracias por invitarnos!
Gracias por invitarnos!
miércoles, marzo 25, 2009
Fiebre negra: Los afroargentinos en la tierra fértil de la ficción
La historia de la esclavitud en Argentina es una página que está escribiéndose. Poco se sabe acerca de cómo llegaban los esclavos negros a nuestro país, desde qué lugares, cómo vivían, cuáles eran sus tareas dentro de la economía regional y nacional. Se sabe, sí, que la Asamblea del año XIII declaró la Ley de Libertad de Vientres, por la cual todos los hijos de esclavas nacidos a partir del 31 de enero de 1813, nacían como hombres y mujeres libres. Sin embargo, teniendo en cuenta que la esclavitud fue abolida en 1853, se abren numerosos interrogantes. Los registros de los censos de la primera mitad del siglo XIX, señalan que la comunidad de origen africano era el treinta por ciento de la población de la ciudad de Buenos Aires. Entonces, ¿cómo es que ya no se ven negros argentinos en Buenos Aires? ¿Y en el resto del país? Preguntas que se hilvanan y que, en parte, fueron el motor de Miguel Rosenzvit a la hora de escribir su novela “Fiebre negra”, un relato de ficción histórica totalmente verosímil. Narrada con saltos temporales entre 1820 y 2008, la novela cuenta la historia de amor de Valeria Beltrán, hija de amos blancos, y de Joaquín, hijo liberto de una esclava de esa familia. Dicho relato se entrelaza con la búsqueda de Diana, una joven antropóloga, que en la actualidad investiga el pasado escondido en una mansión de su familia deshabitada desde 1871, año de la fiebre amarilla que asoló Buenos Aires. Sobre todo esto, cuenta Miguel Rosenzvit en este diálogo.
¿Cómo surge tu interés sobre el tema de la población negra de Buenos Aires?
Surge a partir de la sospecha de que los argumentos de la historia oficial que explicaban la supuesta extinción de los negros de Buenos Aires eran falsos, o en el mejor de los casos, verdaderos sólo en su formulación. Porque decir que los negros murieron en las guerras, aunque es cierto, no alcanza para explicar su desaparición de la escena demográfica argentina. En cuanto a los falsos argumentos, son variados y algunos alcanzan niveles de ridículo sorprendentes para el desarrollo de la ciencia y la investigación histórica y antropológica que alcanza hoy la humanidad, por ejemplo que los negros murieron porque no soportaban el clima. Mentiras como éstas, tan bien enhebradas desde un proyecto de construcción de país obsesionado hasta el racismo por la europeización de Argentina, empiezan a deshilacharse con sólo echar una mirada apenas aguda en la actualidad. Y eso, para un escritor, es una motivación muy importante. Allí donde se escondió la verdad durante tanto tiempo, se esconden también los secretos que permitieron enmascarar la realidad. Y son esos secretos los que se ofrecen como tierra fértil para imaginar, desde la ficción, una Buenos Aires distinta, donde el frío número de los censos de la época, que arrojaban una población negra superior al 30 por ciento, se haga carne en personajes que vivieran en una ciudad así, antes que nada, llena de negros.
¿Por qué elegiste la voz de una mujer (Diana) para contar la actualidad y en primera persona?
El hecho de que el personaje de Diana, la antropóloga que investiga la historia escondida detrás de la casa que hereda, fuese mujer, fue una necesidad narrativa. Como heredera, la une un vínculo familiar con Valeria. Y a medida que Diana reconstruye el lugar que sus antepasados ocuparon en la construcción del destino que le tocó a los negros de Buenos Aires, se sentirá involucrada desde una profundidad de su ser que no había podido sondear hasta entonces. Quise que se unieran, ya que lo estaban desde lo blanco de la piel, también desde la femineidad, y desde la mirada que ese blanco y esa femineidad constituían. En cuanto a las dificultades técnicas que surgen en la construcción de una voz femenina desde un autor masculino, creo haberlo disfrutado como un buen desafío y haberlo sorteado con aceptable suerte.
¿Los personajes de la novela están basados en personas reales?
Bueno, creo que, cuando una novela explora hechos que tienen una vinculación significativa con la investigación histórica surge la tentación, la comercial tentación, de revelar detalles de la intimidad de algún prócer o de algún personaje famoso. No es el caso de Fiebre negra, aunque, naturalmente, los hombres y mujeres que tenían una presencia insoslayable en aquellos días puedan aparecer en un segundo plano. Pero sin dudas que vínculos similares al de Joaquín y de Valeria, vidas en común signadas por la atracción y al mismo tiempo por el rechazo, existieron en la Buenos Aires de entonces. Creo que la tarea del novelista es comenzar desde un hecho disparador, en este caso por lo polémico, diferente y oculto: la presencia masiva de afroargentinos en la Buenos Aires del siglo XIX. Y luego, narrar la historia privada y conflictiva de sus personajes. Así, sin proponérselo desde el dictado consciente, los datos de la realidad y la investigación se inmiscuyen en la prosa. Por ejemplo, días atrás me preguntaban si el primer capítulo, en el que Joaquín y Valeria nacen casi simultáneamente, era una forma de denunciar las pésimas condiciones sanitarias a las que eran sometidos los esclavos y libertos de entonces. De inmediato respondí que no. Que mi novela no era en sí una denuncia. Pero luego me di cuenta de que yo conocía este dato terrible: la mortandad infantil, que suele medirse en tanto por mil, era, para la población negra, del 50 por ciento. Es decir, que uno de cada dos hijos de esclavas morían antes de cumplir el primer año de vida. Seguramente ese dato tiñó de notas amargas la prosa de ese primer capítulo que es, en sí mismo, creo, para nada amargo, y más bien vital y vigoroso.
¿Cuáles fueron las fuentes con las que trabajaste para tu investigación? ¿Durante cuánto tiempo?
La investigación en sí me tomó unos 5 años. Menos porque el desarrollo de la novela lo exigiera (mal la pasarían los novelistas si fuera así) que por la pasión y la curiosidad que despertó la pregunta por el destino de los negros de Buenos Aires. Las fuentes fueron diversas. En principio, las que referían puntualmente a la cuestión de los afroargentinos. (George Reid) Andrews, (Néstor) Ortiz Oderigo, (Ricardo) Rodríguez Molas, por nombrar sólo algunos. Luego, ciertos textos de (Domingo F.) Sarmiento, (Juan B.) Alberdi, (Lucio V.) Mansilla, (Eduardo) Wilde, para entender, para empezar a entender, la fanática pasión blanqueadora de quienes tejían los destinos de la patria. Y finalmente, textos algo más secretos, de esos en los que se esconden las perlas y que develan una mirada subjetiva, menos tendenciosa, y por ende, para los fines de corroborar la presencia afro en el siglo XIX, más honesta; por ejemplo las descripciones de los viajeros que visitaron nuestro país y describieron a la población de entonces.
Más allá del interés que este tema despierta en vos ¿sentís, o creés que haya, algún tipo de influencia de la cultura afroargentina en tu literatura?
Absolutamente. Creo que la hay en toda producción cultural que surja en estas costas. Y en mi caso en particular es, además, consciente y anhelada. El ritmo, el tambor, la percusión me subyugan y dictan muchos de mis textos. En mi más temprana juventud, me perdía recreos enteros, solía quedarme en el aula buscando ritmos y timbres en los pupitres del aula vacía y, por eso, indulgente. Hasta que el timbre, chillón y monocorde, abortaba la sesión. Ojalá mis textos merezcan esa influencia, y mis palabras signifiquen saltando desde el ritmo.
Miguel Rosenzvit nació en Buenos Aires en 1969. Es autor, entre otros, de los libros de poemas Caminos de piel y barro y Vértigo taciturno; de los libros de cuentos El oficio de los ojos y Cuentos vísperos y de las novelas El inspirado muchacho Rosantes de Mataderos y En el nombre. Fiebre negra fue elegida novela finalista del Premio Planeta, por un jurado integrado por los escritores Marcos Aguinis, Marcela Serrano, Osvaldo Bayer y el editor Carlos Revés.
Entrevista realizada por email por Mercedes Gómez de la Cruz
¿Cómo surge tu interés sobre el tema de la población negra de Buenos Aires?
Surge a partir de la sospecha de que los argumentos de la historia oficial que explicaban la supuesta extinción de los negros de Buenos Aires eran falsos, o en el mejor de los casos, verdaderos sólo en su formulación. Porque decir que los negros murieron en las guerras, aunque es cierto, no alcanza para explicar su desaparición de la escena demográfica argentina. En cuanto a los falsos argumentos, son variados y algunos alcanzan niveles de ridículo sorprendentes para el desarrollo de la ciencia y la investigación histórica y antropológica que alcanza hoy la humanidad, por ejemplo que los negros murieron porque no soportaban el clima. Mentiras como éstas, tan bien enhebradas desde un proyecto de construcción de país obsesionado hasta el racismo por la europeización de Argentina, empiezan a deshilacharse con sólo echar una mirada apenas aguda en la actualidad. Y eso, para un escritor, es una motivación muy importante. Allí donde se escondió la verdad durante tanto tiempo, se esconden también los secretos que permitieron enmascarar la realidad. Y son esos secretos los que se ofrecen como tierra fértil para imaginar, desde la ficción, una Buenos Aires distinta, donde el frío número de los censos de la época, que arrojaban una población negra superior al 30 por ciento, se haga carne en personajes que vivieran en una ciudad así, antes que nada, llena de negros.
¿Por qué elegiste la voz de una mujer (Diana) para contar la actualidad y en primera persona?
El hecho de que el personaje de Diana, la antropóloga que investiga la historia escondida detrás de la casa que hereda, fuese mujer, fue una necesidad narrativa. Como heredera, la une un vínculo familiar con Valeria. Y a medida que Diana reconstruye el lugar que sus antepasados ocuparon en la construcción del destino que le tocó a los negros de Buenos Aires, se sentirá involucrada desde una profundidad de su ser que no había podido sondear hasta entonces. Quise que se unieran, ya que lo estaban desde lo blanco de la piel, también desde la femineidad, y desde la mirada que ese blanco y esa femineidad constituían. En cuanto a las dificultades técnicas que surgen en la construcción de una voz femenina desde un autor masculino, creo haberlo disfrutado como un buen desafío y haberlo sorteado con aceptable suerte.
¿Los personajes de la novela están basados en personas reales?
Bueno, creo que, cuando una novela explora hechos que tienen una vinculación significativa con la investigación histórica surge la tentación, la comercial tentación, de revelar detalles de la intimidad de algún prócer o de algún personaje famoso. No es el caso de Fiebre negra, aunque, naturalmente, los hombres y mujeres que tenían una presencia insoslayable en aquellos días puedan aparecer en un segundo plano. Pero sin dudas que vínculos similares al de Joaquín y de Valeria, vidas en común signadas por la atracción y al mismo tiempo por el rechazo, existieron en la Buenos Aires de entonces. Creo que la tarea del novelista es comenzar desde un hecho disparador, en este caso por lo polémico, diferente y oculto: la presencia masiva de afroargentinos en la Buenos Aires del siglo XIX. Y luego, narrar la historia privada y conflictiva de sus personajes. Así, sin proponérselo desde el dictado consciente, los datos de la realidad y la investigación se inmiscuyen en la prosa. Por ejemplo, días atrás me preguntaban si el primer capítulo, en el que Joaquín y Valeria nacen casi simultáneamente, era una forma de denunciar las pésimas condiciones sanitarias a las que eran sometidos los esclavos y libertos de entonces. De inmediato respondí que no. Que mi novela no era en sí una denuncia. Pero luego me di cuenta de que yo conocía este dato terrible: la mortandad infantil, que suele medirse en tanto por mil, era, para la población negra, del 50 por ciento. Es decir, que uno de cada dos hijos de esclavas morían antes de cumplir el primer año de vida. Seguramente ese dato tiñó de notas amargas la prosa de ese primer capítulo que es, en sí mismo, creo, para nada amargo, y más bien vital y vigoroso.
¿Cuáles fueron las fuentes con las que trabajaste para tu investigación? ¿Durante cuánto tiempo?
La investigación en sí me tomó unos 5 años. Menos porque el desarrollo de la novela lo exigiera (mal la pasarían los novelistas si fuera así) que por la pasión y la curiosidad que despertó la pregunta por el destino de los negros de Buenos Aires. Las fuentes fueron diversas. En principio, las que referían puntualmente a la cuestión de los afroargentinos. (George Reid) Andrews, (Néstor) Ortiz Oderigo, (Ricardo) Rodríguez Molas, por nombrar sólo algunos. Luego, ciertos textos de (Domingo F.) Sarmiento, (Juan B.) Alberdi, (Lucio V.) Mansilla, (Eduardo) Wilde, para entender, para empezar a entender, la fanática pasión blanqueadora de quienes tejían los destinos de la patria. Y finalmente, textos algo más secretos, de esos en los que se esconden las perlas y que develan una mirada subjetiva, menos tendenciosa, y por ende, para los fines de corroborar la presencia afro en el siglo XIX, más honesta; por ejemplo las descripciones de los viajeros que visitaron nuestro país y describieron a la población de entonces.
Más allá del interés que este tema despierta en vos ¿sentís, o creés que haya, algún tipo de influencia de la cultura afroargentina en tu literatura?
Absolutamente. Creo que la hay en toda producción cultural que surja en estas costas. Y en mi caso en particular es, además, consciente y anhelada. El ritmo, el tambor, la percusión me subyugan y dictan muchos de mis textos. En mi más temprana juventud, me perdía recreos enteros, solía quedarme en el aula buscando ritmos y timbres en los pupitres del aula vacía y, por eso, indulgente. Hasta que el timbre, chillón y monocorde, abortaba la sesión. Ojalá mis textos merezcan esa influencia, y mis palabras signifiquen saltando desde el ritmo.
Miguel Rosenzvit nació en Buenos Aires en 1969. Es autor, entre otros, de los libros de poemas Caminos de piel y barro y Vértigo taciturno; de los libros de cuentos El oficio de los ojos y Cuentos vísperos y de las novelas El inspirado muchacho Rosantes de Mataderos y En el nombre. Fiebre negra fue elegida novela finalista del Premio Planeta, por un jurado integrado por los escritores Marcos Aguinis, Marcela Serrano, Osvaldo Bayer y el editor Carlos Revés.
Entrevista realizada por email por Mercedes Gómez de la Cruz
viernes, agosto 15, 2008
ínfulas
Porque desde hace un tiempo este blog ha caído en la abulia, el silencio y la melancolía, veamos si podemos salir un poco de ahí. Para ello, subo un texto que escribí hace un tiempo; una especie de autorreportaje a pedido de Romina Freschi, sobre una frase o verso que me obsesionara e influenciara. La frase elegida es el epígrafe de "Soy fiestera", mi tercer libro, publicado en 2006, pero que a su vez es el libro que empecé a escribir después de publicar mi primer poemario ("Lo que huye", 2003).
Soy fiestera... ¿y qué?
por Mercedes Gómez de la Cruz
“la alegría no es sólo brasilera”
(de “Yo no quiero volverme tan loco”, Charly García)
por Mercedes Gómez de la Cruz
“la alegría no es sólo brasilera”
(de “Yo no quiero volverme tan loco”, Charly García)
¿Qué edad tenía yo la primera vez que escuché un tema de Charly García? Creo que ocho años y fue “Yendo de la cama al living”. Cada noche escuchaba la radio junto a mi padre, así pasaban Los Beatles, Pink Floyd, Queen, Kiss, etc. Hasta que en el ’82 pasó lo que pasó y entonces... Recuerdo que me impresionó el bostezo del principio. Pero la canción que rondó mi mente durante años es “Yo no quiero volverme tan loco”, del mismo disco, el mismo año, la misma edad. Entre la radio y una vecina que ponía García toda la tarde, el aire estaba lleno de esas canciones.
Cecilia tomaba sol a fines del ’82 o comienzos del ’83, en su terraza, junto a la mía. Giraba en su radiograbador el cassette de Charly, se sucedían los temas hasta que algo en la atmósfera aisló el verso de uno que, entre otras cosas, decía: “la alegría no es sólo brasilera”. Y el desconcierto que produjo esa frase en mí, abrió las preguntas: ¿por qué dice que la alegría no es sólo brasilera? ¿Por qué alguien podría suponer que la alegría es sólo brasilera? Y me dí cuenta que García podía tener razón, que los argentinos no somos tan alegres como los brasileros, y entonces me volví a preguntar: ¿por qué? ¿por qué no? Y comencé a buscar las respuestas a esas preguntas. Y empecé a indagar sobre el modo de sostener esa afirmación -“la alegría no es sólo brasilera”-, a buscar el modo de sumarme a esas palabras y a la invocación de la alegría (aunque fuese desde la nostalgia o desde la melancolía, o desde la saudade).
Nunca fui a Brasil. Y Argentina no es Brasil. ¿Entonces? ¿Cómo sería una alegría argentina que estuviera más allá de la algarabía futbolera sin olvidarse que tenemos el tango llorón y sin caer en la vana adopción del “pepepepé” del “bloque carioca”?
Hace poco leí por ahí que uno escribe sobre aquello que quiere aprender. Empecé a escribir los poemas de “Soy fiestera” como un desafío, después de publicar mi primer libro, para darle lugar a aquello que estaba en mi cuerpo pero no en el cuerpo de mi escritura de hasta ese momento, sino en germen.
Siempre quise ser bailarina. Siempre quise ser cantante. Y bueno, no soy bailarina, no soy cantante. Soy poeta. Escribo poesía y también ensayos y también cuentos que no muestro a nadie (casi). Canto en la ducha, en peñas y en fogones. Bailo en fiestas, en boliches y en milongas. Así fue que a fines de 2003 salí a bailar más que nunca, numerosa y desaforadamente, con una antena puesta, como haciendo un trabajo de campo. Agudicé el oído y accioné los músculos ante las canciones que bailé cada noche, en el recuerdo y en el presente. Buenas canciones. Malas canciones. Rock nacional. Música electrónica. Pistas de VJ en noches de trance. Cumbias. Todo lo que bailé. Todo lo que viví lo hice poemas. Sin embargo, ¿qué importa la biografía? A la hora de escribir, una anécdota biográfica no es más que un punto de partida. Es poco lo que puede sostenerse un libro de poemas escrito desde un punto de vista meramente autobiográfico; considero que su lectura podría interesarle sólo a mi familia y a aquellos que han bailado conmigo... Tenía que esforzarme más, mucho más. Estudiar más. Leer más. Leer en clave también. Y escuchar... Y busqué. Y me reencontré con aquellas cosas que me habían acompañado desde siempre: el rock, las cumbias de los sábados en barrio Rucci, la percusión de las milongas, los boleros, mi fascinación por lo indígena y por lo negro. Encontré las canciones del Chango Rodríguez. Me dejé llevar por las murgas uruguayas, las de Cuyo y también las de Saladillo, tanto como por Los Palmeras y el cantobar de cumbias de la esquina de San Martín y Tucumán. Cultura popular llaman a esto las cátedras, las academias que siempre andan buscando rastros, huellas de una tradición que no sea pura evanescencia, que no se volatilice, que se sostenga en los papeles... Tenía que rastrear en las bibliotecas, claro, y aparecieron estudios críticos, ensayos antropológicos, históricos y sociológicos sobre los carnavales y los negros en Argentina, sobre la literatura de origen negro en Iberoamérica. Y Nicolás Guillén, Carlos Germán Belli, Diana Bellessi, María del Carmen Colombo, recopilaciones de poesía oral africana y tradiciones de las Antillas. Quise aprender la alegría. Charly García dice que la alegría no es sólo brasilera, que también existe fuera de Brasil y su cultura. Pero si Brasil es EL lugar de la celebración y la danza!!! ¿Dónde está hoy en nuestro país la celebración y la danza? La tensión poética de aquel verso guió mi voluntad de conocer la alegría argentina y la encontré en la lenta lectura, en el ejercico de la danza caótica, sin género, sin escuela, sin método, para darle cuerpo de libro para invitarlos a leer y también... a bailar...
(Publicado en Revista Plebella, Nº 10, Bs.As., abril de 2007)
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